Todos en algún momento discutimos con nuestros mejores amigos; queramos o no, es algo inevitable. Nuestras diferencias y complejos hacen chocar nuestras sensibilidades, heridas o las cosas que aún no hemos sanado, dejando así que nuestros traumas adopten el protagonismo y el control de las cosas que decimos.
Como pasó en esa mañana al momento de tomar el desayuno en el segundo día del viaje, en el cual estábamos todas las personas del grupo viajando por tres días por las costas del Magdalena. En ese desayuno solo estábamos Angie y yo; como siempre, nosotros éramos las personas más madrugadoras por la costumbre de la disciplina, y por querer hablar para acompañar el rico desayuno, de repente tocamos un tema que era doloroso para los dos, la confianza y la traición. Yo empecé la discusión preguntando por decir lo siguiente:
—Descubrí de nuevo a Miguel y a Mike diciéndome mentiras de nuevo. ¿Te parecen personas confiables?
—Todo el mundo dice mentiras, Jesús —decía Angie con un leve tono de molestia. Mientras ellos no me hagan daño a mí, que seguro no lo harán, no pasa nada malo; las mentiras piadosas hacen parte también de las amistades.
—O sea que no te importa que te mientan, mientras esas mentiras no sean para hacerte daño directamente a ti, ¿y si te afectan indirectamente? ¿Cómo puedes confiar en personas mentirosas?
—El que una persona diga un par de mentiritas no la hace mentirosa —decía Angie empezando a perder la calma. Todos tienen su forma de ser.
—O sea que mientras no te digan mentiras a ti, o más bien, no se las descubras, ¿estás bien con ellos? ¿Eres feliz disfrutando del hecho de ser ignorante de las cosas que tus supuestos amigos te ocultan y te engañan?
Antes de que ella pudiera responder, porque quería, pero no podía, como de forma mágica los demás personajes del grupo fueron llegando, pasando así momentáneamente la discusión.