Me pregunto quién podría asegurar que otra persona es más importante que sí misma. ¿Quién, en el momento de estar en frente de su propia muerte, podría ignorar la posibilidad de salvarse a sí mismo? Podría ser popular contestar diciendo que regalaríamos la oportunidad, pero si somos realistas, muchas personas ni siquiera dudarían en salvarse primero ellos.
Entonces, ¿por qué, si nosotros somos nuestra persona más importante, dudamos tanto de nosotros mismos? Toda nuestra vida está llena de duda; lo que va a pasar mañana o en un año es completamente desconocido. Pero lo que sí conocemos es lo que somos nosotros mismos, ¿por qué nos dejamos contaminar por dudas entonces?
Todos los días tenemos nuestras rutinas. Nos aseamos, desayunamos, estudiamos, trabajamos y hacemos un montón de cosas que hacen parte de nuestra vida diaria, ninguna de esas cosas las ponemos en duda, el hecho de cepillarnos los dientes no lo ponemos en duda. Entonces, ¿por qué creer en nosotros mismos, sí?
Las cosas que no dudamos son certeras en nuestra mente porque ya las hemos repetido una y otra vez, por eso no las cuestionamos. Si un día decidimos cepillarnos los dientes con otra crema dental distinta, puede ser el mismo ejercicio con una variación diferente, pero no lo dudamos porque mentalmente reconocemos cada paso y sabemos que si ejecutamos esos pasos, tendremos éxito.
Pasa distinto con las cosas de las cuales sí dudamos. Son cosas de las cuales no prevemos un resultado, no conocemos si lo vamos a lograr al final. Y así es como esta energía empieza a navegar por nuestras ideas.
La duda se convierte en una energía en nuestra mente que nos señala una distancia entre lo que creemos que somos o lo que deseamos tener. Como si fuera un recordatorio constante de una incompletitud.
Se puede ver reflejado cuando pensamos y decimos: aún, quisiera, no soy. Como si estuviéramos dejando asegurado que faltan cosas para poder estar tranquilos con nosotros mismos.
Esa energía en nuestra cabeza siempre nos hace creer que necesitamos más dinero, más belleza, más músculos, más casas, carros, propiedades; nunca es suficiente. Como si fuéramos hámsters corriendo en una rueda por queso, y una vez que lo alcanzamos, empezamos a correr de nuevo por más queso.
¿Pero qué tal si empezáramos a usar esa misma energía para agradecer por las cosas que ya tenemos? ¿Qué tal si nuestras grandes metas no las convertimos en voces que nos agobien por tanto tiempo? ¿Qué tal si más bien vivimos un día a la vez? ¿Qué tal si lo que planeamos lo seccionamos para dar un paso un día a la vez? ¿Qué tal si disfrutamos el presente en vez de vivir en un futuro que aún desconocemos?
Al vivir las cosas un día a la vez, la duda empieza a calmarse. Por un lado, nuestras grandes metas dejan de hacer tanto ruido, dado que vamos haciendo lo posible, lo que mejor podemos, un día a la vez. Al hacerlo, no nos castigamos por no conseguirlo todo de una vez en un solo día.
Viviendo en el momento presente, podemos entablar una mejor relación con nosotros también. Quizás haya cosas en que trabajar, pero trabajando en ellas un día a la vez, estamos más cerca de esa versión. Lo interesante es que en este día estemos bien con nosotros, que estemos satisfechos con la idea de que hicimos lo que pudimos hoy. Mañana lo volveremos a intentar.
La vida está pasando justo ahora, el día de hoy, en el momento presente. No en el pasado, ni en el futuro. ¿Por qué dejar nuestro sentimiento de paz en el pasado? ¿Por qué dejar nuestra tranquilidad en el futuro? Lo importante es el ahora. Lo que importa debemos hacerlo ahora. Debemos reconciliarnos con nosotros mismos ahora. Debemos acabar con la duda ahora.