Algo muy difícil de encontrar es a una persona que no quisiera que la recordaran. Por dentro de nosotros siempre hay un anhelo de querer que nos lloren el día de nuestra muerte. Como si todos inconscientemente nos hubiéramos puesto de acuerdo en que eso es precisamente un símbolo de que nos quieren en vida.
¿Quién podría decir lo contrario? ¿Quién podría querer lo contrario? ¿Qué podría querer que no lo quisieran y lo olvidaran?
Sin embargo, a pesar de todos esos deseos, inevitablemente todos en algún momento nos olvidarán. Y eventualmente todos ellos también morirán y nos olvidarán.
¿De dónde sale ese deseo o esa necesidad? Es algo inevitable que nos olviden, pero resulta insoportable la idea de que algún día las personas con las que nos hemos cruzado en la vida nos olviden. No podemos hacer nada para evitarlo. Entonces, ¿por qué tenemos tantos deseos de aferrarnos a ello?
Es como cuando queremos comer ese dulce que sabemos que nos caerá mal. Como si fuéramos conscientes de la contradicción, del vacío y aun así no nos importara. Vamos con nuestra testarudez por delante, queriendo algo imposible.
¿Pero realmente es tan malo? Si no nos permitiríamos un poco de delirio o desequilibrio o de locura después de todo, la vida sería demasiado insufrible.
Como si al final tuviéramos que negociar como siempre entre las cosas que queremos y la inevitable realidad. Un nuevo baile con la vida, ella mandándonos señales y nosotros distraídos con las melodías.